En vísperas de la cumbre COP28 de este año en Dubái, el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, arremetió contra el flagelo del hambre mundial y la devastación climática alimentada por la agricultura.
“Los sistemas alimentarios mundiales están rotos y miles de millones de personas están pagando las consecuencias”, dijo , y tenía razón.
Nuestro sistema alimentario es responsable de un tercio de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, pero no consigue alimentar al mundo, y una décima parte de la humanidad padece hambre.
Durante años, este tema ha sido relegado a un segundo plano en las cumbres climáticas, pero en la COP28 cobró protagonismo, dedicándose un día entero de la agenda a la alimentación y la agricultura. Sin embargo, en medio de la intensa presión ejercida por las agroindustrias globales, cuyo número se duplicó en la cumbre del año pasado y se triplicó en la COP28, a los delegados les resultó difícil encontrar a los pequeños agricultores que alimentan a gran parte del mundo.
Estos productores familiares, a menudo empobrecidos, gestionan solo unas pocas hectáreas de tierra, pero proveen un tercio de los alimentos del mundo y hasta el 80 % de los alimentos en Asia y África subsahariana. En resumen, son el baluarte contra el hambre mundial, pero solo han recibido el 0.3 % de la financiación climática.
Las asociaciones de agricultores como La Vía Campesina , que defiende los intereses de los pequeños productores, han sido eclipsadas por los poderosos conglomerados que conforman la gran industria agropecuaria. Y si bien los intereses de los grandes y pequeños agricultores a veces coinciden, sus diferencias son fundamentales.
Mientras que las grandes corporaciones cárnicas y lácteas han gastado millones en presionar contra la acción climática, los pequeños agricultores son víctimas desproporcionadas de la crisis climática. Son los agricultores costeros de Senegal , cuyos suelos se están salinizando por el aumento del nivel del mar; son los agricultores de maíz y arroz de Nigeria , que se enfrentan a sequías prolongadas y lluvias impredecibles; y son los pescadores y pastores que ven desaparecer el lago Chad ante sus ojos. Para estas comunidades, el cambio climático es existencial. Si no pueden cosechar, no pueden comer.
Gran parte del debate en torno a los pequeños agricultores se ha centrado en la implementación de nuevas tecnologías. Si bien es cierto que las herramientas digitales, como el monitoreo de cultivos, pueden ayudar a los agricultores a ser más eficientes, esto resulta inútil cuando , en América Latina y el Caribe, 77 millones de personas carecen de acceso a internet de alta calidad. En otras palabras, incluso cuando se diseñan políticas tecnológicas pensando en los pequeños agricultores, rara vez se satisfacen sus necesidades básicas.
Podemos observar esto en Indonesia , donde el gobierno ha recurrido a métodos digitales para compensar la falta de inversión en la adaptación de la agricultura al cambio climático. En lugar de enviar profesionales capacitados para trabajar con los pequeños agricultores y adaptar sus métodos, el Estado se basa en videoconferencias, monitoreo de cultivos mediante circuitos de vigilancia y aplicaciones móviles. Esto deja atrás a gran parte de los agricultores que carecen de habilidades digitales o viven en zonas con infraestructura tecnológica deficiente.
La realidad es que los pequeños agricultores suelen tener poca influencia sobre las políticas que afectan a su sustento y a su capacidad para alimentar a sus comunidades. Si bien los agricultores kenianos han vuelto al cultivo de la yuca, un cultivo autóctono muy resistente a la sequía, no todos los países permiten que los agricultores cambien a cultivos más productivos o adaptados al cambio climático. En Sri Lanka, por ejemplo, leyes de tierras obsoletas prohíben el cultivo de otros productos en terrenos reservados para el arroz.
Sin embargo, cuando escuchamos a los pequeños agricultores y diseñamos programas climáticos que protejan su autonomía, tanto las comunidades como el planeta se benefician. En mi país, Senegal, los agricultores trabajan con una variedad de cultivos en un programa voluntario de adaptación climática respaldado por el gobierno. El programa gubernamental predice qué cultivos serán resistentes al cambio climático y proporciona semillas resistentes a la sequía, pero los agricultores diversifican su riesgo al sembrar también los cultivos de su elección.
Está lejos de ser un sistema perfecto –apenas existe una red de seguridad social para estos agricultores si las cosechas fracasan– pero es un comienzo.
La cuestión de las pérdidas y los daños, es decir, cómo los países más contaminantes pueden ayudar a los países en desarrollo a afrontar un colapso climático que no provocaron, es ahora un pilar fundamental de las negociaciones anuales de la COP. Si bien las pequeñas explotaciones agrícolas alimentan a la mayoría de la población en los países de ingresos bajos y medios, solo son responsables de una fracción de las emisiones agrícolas mundiales. Ayudar a los pequeños agricultores a adaptarse y responder al cambio climático es fundamental para la justicia climática.
Los pequeños agricultores ya se enfrentan a un desafío generacional. Los jóvenes de familias campesinas, preocupados por el impacto del cambio climático en los cultivos, se están alejando de la agricultura. Si los líderes mundiales no responden a sus necesidades, las comunidades que alimentan al Sur Global podrían quedar desmanteladas y los sistemas alimentarios de los países en desarrollo, que ya son vulnerables, podrían debilitarse aún más.
Aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo. Hay agricultores jóvenes, más concienciados con el clima, que todavía no han abandonado sus comunidades. Son más receptivos a las prácticas sostenibles que las generaciones mayores. Si logramos convencerlos de que sus explotaciones familiares tienen futuro, podremos asegurar una nueva generación de agricultores y el suministro de alimentos para los países en desarrollo. Pero las cumbres mundiales como la COP no lograrán ese cambio a menos que se escuche a los pequeños agricultores y se les otorgue una participación decisiva en el futuro de la agricultura.
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