A pesar de las acciones de Trump, el argumento climático más peligroso hoy en día no es la negación, sino la dilación.

La creencia en el cambio climático va en aumento, pero la acción se estanca. Una nueva investigación revela cómo ciertos discursos sutiles están ralentizando la formulación de políticas y cómo contrarrestarlos.
Análisis
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A pesar de la creciente conciencia de que el cambio climático es real, como lo demuestran las comunidades que enfrentan inundaciones como esta en los Outer Banks de Carolina del Norte, las políticas de acción climática siguen estancadas. Crédito: Servicio de Parques Nacionales

Bajo el renovado impulso de Donald Trump para expandir la producción de combustibles fósiles —incluidos planes para aumentar la perforación de petróleo y gas y revertir las regulaciones climáticas— la política climática en Estados Unidos está entrando en una nueva fase. Si bien la agenda climática de Trump se alinea en gran medida con la negación absoluta, ha perdido protagonismo en el debate general sobre la acción climática. En cambio, la oposición a políticas como la fijación de precios al carbono, las normas de emisiones y la eliminación gradual de los combustibles fósiles se mantiene firme.

Al mismo tiempo, los impactos del cambio climático son cada vez más difíciles de ignorar. Cuando los devastadores incendios forestales arrasaron Los Ángeles en enero de 2025, causando más de 60 mil millones de dólares en destrucción, millones de estadounidenses vislumbraron de cerca cómo se ve el cambio climático. En todo el país, como en muchas partes del mundo, las señales se multiplican: aseguradoras que abandonan las zonas costeras, olas de calor mortales que baten récords y comunidades enteras que enfrentan inundaciones o sequías. Es comprensible que la proporción de estadounidenses que creen que el calentamiento global está ocurriendo haya aumentado con el tiempo, pasando de alrededor del 57 por ciento en 2010 a más el 70 por ciento En los últimos años, según el Mapa de Opinión Climática de Yale de 2024.

Sin embargo, a pesar de esta creciente concienciación, las políticas de acción climática siguen estancadas.

La vieja estrategia de los obstruccionistas —negar el cambio climático por completo— ha perdido gran parte de su credibilidad. Entre los científicos y el público en general, el consenso científico sobre el cambio climático antropogénico es abrumador y sus impactos son cada vez más visibles. Sin embargo, el fin de la negación no ha conllevado la adopción de medidas decisivas. 

En su lugar, ha aparecido algo más sutil: el retraso climático.

Los académicos han advertido cada vez más sobre este cambio. En 2020, William Lamb y sus colegas Se identificaron varios argumentos que reconocen el cambio climático, pero que aun así justifican posponer acciones significativas. Estos “discursos de dilación climática” incluyen afirmaciones recurrentes como que actuar perjudicaría la economía, que la tecnología resolverá el problema más adelante o que la responsabilidad recae en otros.

Partiendo de este marco, realizamos un Encuesta nacional realizada a más de 1,500 estadounidenses. En 2024, realizamos un estudio para examinar la difusión de estas narrativas entre el público y cómo podrían influir en el apoyo a las políticas climáticas. Nuestros hallazgos demuestran que amplios sectores de la población estadounidense comparten creencias afines a estas narrativas.

Y están por todas partes: en discursos políticos, debates en la televisión por cable y conversaciones cotidianas.

Presta atención a los debates sobre el clima de hoy en día y los oirás constantemente:

Sí, el cambio climático es real, pero ¿por qué deberíamos actuar si China no lo hace?

Sí, es real, pero las regulaciones perjudicarán a la gente común.

Sí, es real, pero la tecnología lo solucionará tarde o temprano.

Estos argumentos parecen razonables. Muchos contienen algo de verdad. Pero en conjunto, todos conducen a la misma conclusión: ahora no.

Nuestra investigación sugiere que algunas de estas narrativas son particularmente poderosas para socavar el apoyo a las políticas climáticas. Y no son necesariamente las más extendidas las más problemáticas.

La narrativa más influyente es la que se suele denominar «¿y qué pasa con...?», a la que solo se adhirió aproximadamente un tercio de nuestros encuestados. Este argumento traslada la responsabilidad del cambio climático a otros países —generalmente a otras naciones—, minimizando al mismo tiempo las propias emisiones. Los estadounidenses la escuchan constantemente: ¿Por qué debería Estados Unidos reducir sus emisiones si China está construyendo centrales de carbón? Si otros países no actúan, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros?

En nuestra encuesta, las personas que estaban de acuerdo con este argumento eran significativamente menos propensas a apoyar las políticas climáticas o a exigir medidas gubernamentales. 

Es un argumento que resuena políticamente porque apela a temas recurrentes como la equidad y la competencia nacional. Pero también malinterpreta la naturaleza de la cooperación global. Si cada país espera a que otro actúe primero, nadie se mueve.

'Sin palos, solo zanahorias'

Otra narrativa influyente insiste en que la política climática debe basarse únicamente en acciones voluntarias, lo que podría describirse como «sin castigos, solo incentivos». ¿Subsidios para energías limpias? Perfecto. ¿Pero regulaciones, prohibiciones o impuestos al carbono? Descartados.

Este planteamiento resulta políticamente conveniente porque permite a los líderes aparentar apoyar los objetivos climáticos sin adoptar las políticas más eficaces para reducir las emisiones. Sin embargo, también socava el apoyo a las medidas que sí funcionan, desde la fijación de precios al carbono y las normas sobre emisiones hasta las restricciones a los combustibles fósiles.

Una tercera narrativa potente explota las preocupaciones legítimas sobre la equidad. A muchas personas les preocupa que las políticas climáticas eleven los precios de la energía o perjudiquen a las comunidades de clase trabajadora. Estas preocupaciones son comprensibles y, en ocasiones, reales, ya que las políticas mal diseñadas pueden, en efecto, imponer costos injustos, lo que subraya la importancia de garantizar que la transición hacia fuentes de energía no fósiles sea justa y equitativa.

Pero cuando estas preocupaciones se utilizan para bloquear por completo la acción climática o se emplean estratégicamente para obstaculizarla, se convierten en otra forma de dilación. En nuestro estudio, presentar la política climática principalmente como una amenaza a la justicia social redujo significativamente el apoyo a la acción climática gubernamental.

Durante el primer mandato de Donald Trump, la negación del cambio climático seguía siendo común. Hoy en día, se ha revitalizado a nivel político, con figuras en la administración actual. colaborar con redes de negacionismo climático y rodando hacia atrás protección ambiental. Al mismo tiempo, persisten las tácticas dilatorias habituales: reconocer el cambio climático, pero eludiendo la responsabilidad o minimizando la necesidad de medidas urgentes. El resultado no es una simple dilación, sino una combinación aún más peligrosa que corre el riesgo de afianzar la resistencia a políticas climáticas efectivas. Esto ayuda a explicar por qué, si bien la mayoría de los estadounidenses ahora aceptan que el cambio climático es real, muchos siguen sintiéndose indecisos o divididos respecto a las políticas necesarias para abordarlo.

Nuestra encuesta se realizó en mayo de 2024, en vísperas de las elecciones estadounidenses y bajo un contexto político diferente, cuando aún estaban vigentes importantes políticas climáticas como la Ley de Reducción de la Inflación, y antes de un nuevo impulso a la expansión de los combustibles fósiles. Esto sugiere, en todo caso, que la dinámica que identificamos podría ser incluso más pronunciada en la actualidad.

Al mismo tiempo, existe una distinción importante entre la retórica de las élites y la opinión pública. Si bien los líderes políticos —incluido el actual presidente— pueden seguir promoviendo formas más explícitas de negacionismo climático, nuestros hallazgos sugieren que el público en general es más propenso a identificarse con discursos dilatorios más sutiles que reconocen el cambio climático, pero cuestionan la urgencia o la equidad de actuar. Esta discrepancia es relevante, porque significa que, incluso cuando la negación persiste en las altas esferas, los discursos dilatorios pueden tener mayor influencia en la configuración de las actitudes cotidianas hacia las políticas climáticas.

Nuestros resultados constituyen una peculiar paradoja política: muchos ciudadanos aceptan la realidad del cambio climático, pero siguen mostrándose escépticos ante las políticas necesarias para abordarlo.

Cómo contraatacar

Pero nuestra investigación también apunta hacia soluciones.

No todos los discursos sobre el clima debilitan el apoyo a las políticas. De hecho, algunas de las creencias que suelen asociarse con la inacción climática pueden reformularse para fortalecer la demanda pública de acción.

Un ejemplo es el optimismo tecnológico: la creencia de que la innovación desempeñará un papel fundamental en la solución del cambio climático. La mayoría de los encuestados expresó esta opinión y, de hecho, se mostraron más propensos a apoyar las políticas climáticas, quizás porque consideran que la inversión pública es esencial para acelerar el desarrollo de nuevas tecnologías.

De igual modo, el sentido de responsabilidad individual y la convicción de que las conductas individuales voluntarias son clave para la mitigación del cambio climático son opiniones generalizadas que pueden reforzar el apoyo a la acción colectiva. Quienes creen que la mitigación depende de que los individuos reduzcan voluntariamente su huella de carbono también apoyan más las políticas climáticas, quizás porque perciben que las políticas gubernamentales ayudan a la sociedad a avanzar en la misma dirección.

Estos hallazgos ofrecen una lección importante para la comunicación sobre el cambio climático.

Con demasiada frecuencia, los debates sobre el clima se centran en corregir la desinformación o en presentar más evidencia científica. Pero la verdadera batalla gira cada vez más en torno a narrativas: relatos sobre responsabilidad, justicia y «lo que es posible».

Si las narrativas dilatorias están frenando la política climática, la solución no consiste simplemente en refutarlas una por una, sino en sustituirlas por contraargumentos más convincentes.

En lugar de permitir que los argumentos a favor de la postergación dominen el debate, los responsables políticos pueden hacer hincapié en los beneficios económicos y estratégicos de liderar la transición hacia la energía limpia. En vez de plantear la política climática únicamente como un sacrificio, pueden resaltar los beneficios tangibles: aire más limpio, nuevas industrias, sistemas energéticos más seguros y soluciones rentables a largo plazo.

Cuando surge el argumento de la distracción, debemos contrarrestarlo recordando que esperar a que otros actúen no es una estrategia climática, sino una receta para la parálisis. Los países que tienen la capacidad de actuar también tienen la responsabilidad de hacerlo, no solo porque el liderazgo puede inspirar a otros a seguir, sino porque actuar ahora trae beneficios nacionales tangibles, desde una menor dependencia de la industria petrolera y facturas de energía más bajas hasta el liderazgo en la industria de las energías renovables y una mayor resiliencia social.

Cuando surgen inquietudes sobre la equidad, los gobiernos deben abordarlas directamente diseñando políticas que protejan a las comunidades vulnerables y compartan los beneficios de la transición. Al mismo tiempo, nuestra investigación sugiere que es igualmente importante distinguir las preocupaciones genuinas sobre la equidad de los argumentos de mala fe que la invocan como pretexto para la dilación. 

En otras palabras, la forma en que pensamos y hablamos sobre la acción climática puede ser tan importante como las propias políticas.

Nuestro estudio demuestra que ciertos discursos dilatorios debilitan sistemáticamente el apoyo a las políticas climáticas. Identificarlos es el primer paso para neutralizar su influencia.

Porque el argumento más peligroso sobre el clima hoy en día ya no es que el cambio climático sea un engaño.

Se trata de la afirmación, aunque menos explícita, de que la acción siempre debe llegar más tarde: después de que la tecnología mejore, después de que otros países actúen primero, después de que alguien más resuelva el problema por nosotros.

Pero el cambio climático no espera a que surja la conveniencia política.

Y nosotros tampoco.

Joakim Kulin

El Dr. Joakim Kulin es profesor asociado en el Departamento de Sociología de la Universidad de Umeå, Suecia. Su investigación se centra principalmente en cómo la ideología política y los contextos institucionales y culturales influyen en las creencias y actitudes públicas hacia el cambio climático y las políticas climáticas.

Ekaterinaheadshot

La Dra. Ekaterina Rhodes es profesora asociada en la Facultad de Administración Pública de la Universidad de Victoria, donde dirige investigaciones sobre el diseño y la obstrucción de las políticas climáticas. Es autora principal del Capítulo 5 del Grupo de Trabajo III del Séptimo Informe de Evaluación del IPCC (AR7 WGIII) sobre los facilitadores y las barreras para la mitigación del cambio climático.

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